y ¿por que no?

Agamenón o el arte de lo contrario

AGAMENON

O EL ARTE DE LO

 CONTRARIO

Jorge Enrique Arbeláez

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, sin autorización previa y por escrito del autor.

 

Dedicatoria:

a la multitud de hombres y mujeres

que buscan sin descanso la verdad y tratan de

que todos tengan acceso a ella.

Allí nadie parecía lo que era. Allí nadie sabía su destino, aunque todos compartían un pasado similar triste y oblicuo que se deslizaba por entre las miradas torvas y clandestinas de los transeúntes que deshilachados se desplazaban por en medio de las calles, la más de las veces huyendo de la miseria, y el silencio que por doquier penetraba las conciencias, y volvía como azogue los cuerpos por el miedo. Por eso, en cualquier lugar, en cualquier esquina, las aprensivas madres llevaban a los niños corriendo, tratando de protegerlos y de llegar pronto a sus covachas, para remedar un plato de sustento, que les mitigara las miradas caídas, como ausentes, que mostraban las carencias de los cuerpos. La ciudad cada día presagiaba un desastre peor que el anterior, y todo el mundo sentía cómo la temperatura iba subiendo, y con ella la rabia, la angustia, el hambre, la desesperanza, el desasosiego. Ya todo el mundo esperaba que en cualquier momento la situación cambiara, y el silencio y la modorra se terminaran y se sintiera el rugir de la tormenta que viene desde las entrañas mas profundas del pueblo. Hasta que un día sucedió. Y la que parecía ser una simple protesta se convirtió en un desafuero. La gente se lanzó por las ventanas, por las rendijas, a tratar de alcanzar los objetos de sus sueños.

Aquel día el sol caía cenital sobre las inmundicias y sobre las testas de los parroquianos que medio derrengados caminaban con un pucho de tabaco a flor de labios, intentando esconder el regurgitar del desayuno y el vómito contenido, escondidos tras el grueso humo expelido desde lo más profundo de sus pechos; nunca nadie había sentido tanto miedo, nunca nadie había estado tan expuesto. En las autopistas, el pánico escondido en la velocidad de los pocos carros que circulaban y la soledad de las calles demostraban que la ciudad era territorio de nadie. En algunos recovecos, se alcanzaban a distinguir las figuras de individuos que, medio escondidos, de vez en cuando dejaban ver las bocas de los fusiles que apuntaban contra todo aquel que se atreviera a deambular sin ser referenciado o que pareciera con destino incierto.
Sobre las puertas de los almacenes colgaban los avisos: este negocio ya fue saqueado, mientras las manos ávidas, revolcaban en los depósitos intentando llenarlas con la medidas de los sueños, que aún siendo tan pequeños, con el estado de cosas, permanecían insatisfechos.
En las partes bajas de los edificios, los vecinos se agolpaban intentando defender sus propiedades, pero ante la magnitud de los eventos, nadie atinaba a encontrar la solución a aquel desastre, y cada quien opinaba de alguna manera, para tener que darse cuenta luego, que ninguna medida que se tomara era suficiente. Algunos decían: es por culpa de la pobreza, otros, en cambio: es que son flojos, no quieren trabajar y por eso se dedican al saqueo. Pero los comentarios no solucionaban nada, y el desastre se enseñoreaba en las calles sembrando el terror y el miedo.
Por entre las rejas de los centros comerciales se deslizaban ríos de sangre, que llenaban el asfalto del púrpura que nadie quería ver, mientras los que aún respiraban corrían con los electrodomésticos sobre sus espaldas, como huyendo de la pobreza, medio oculta tras una cortina de perdigones, golpes y balazos.
Dentro de los ranchos, en los cinturones de miseria de las capitales, en los rostros agazapados se adivinaba el miedo, y ese imperioso arresto de arriesgarlo todo por conseguir un poco de alimento que les ayudara a mitigar el hambre en medio de aquel despertar de la barbarie, minimizada tras los cascos sempiternos de los seres que habían sido designados para cuidar los cuerpos de quienes, ahora hechos jirones, agonizaban tirados en medio de la pobreza y del asfalto de la calle.
Cual legión, pero famélicos, continuaban bajando de los cerros, soñando con cochinos, asados, hervidos, sancochos y menestrones perdidos en medio de los gritos de “abajo las medidas económicas impuestas por el concejo de los concejos”, cada vez que se encontraban frente a una pancarta en la que invitaban a participar en el próximo proceso de inscripciones para las siguientes elecciones presidenciales, un poco despistados, como sin mirar, pero oteando con el rabo del ojo, mientras observaban cómo las gallinas asaltaban las plazas, y los perros asaltaban a las gallinas, y ellos querían asaltar a los perros, y las gallinas recogían los mendrugos y las migajas de arroz y de maíz del suelo, antes de que las muchedumbres se los arrebataran e intentaran torcerles el pescuezo, y entonces se olvidaban de las gallinas y corrían de nuevo a tratar de encontrar algo que les mitigara el ardor en el vientre, y la debilidad que no les permitía ver los avisos invitándolos a defender sus democráticos, pero ajenos y famélicos derechos.
No hacía mucho tiempo, en las calles de las grandes capitales, se cernían las nubes ahora ausentes dejando caer sus negras lágrimas ácidas, despedazando bajo sus ardores las cabezas de los hambrientos, de las turbas heridas por las necesidades, atragantando las gargantas de los burgueses venidos a menos, de los atávicos monárquicos, que arrodillados en las aceras se peleaban por los dinares, y apostaban sobre la túnica incólume y pura, convirtiendo hasta las monedas de judas en motivo de reyertas y de muertes para no deslizarse por la ladera infinita de la miseria convertida en sistema de gobierno. Era una escena que se repetía a los cuatro vientos, al norte, al sur, al oriente y al occidente; por lo que ya nadie podía decir ni no decir; y entonces todos, sin distingo alguno, marchaban con los ojos gachos, la cerviz partida, como de toro herido, y ese caminar jondo y triste, que los arrastraba sobre el asfalto levantado, quebrado por la ausencia del dinero que engrosaba las cuentas de los funcionarios medios, sobre los sueños eternos e impertérritos, frutos de noches trasnochadas, como vampiros anémicos, corriendo tras las expectativas escondidas en los sótanos de la indiferencia, donde se depositaban las promesas de bienestar incumplidas por quienes los buscaban para que les nombraran sus caudillos, para luego, tan pronto como los proclamaban, traicionar su palabra, enredando las promesas, escondiéndolas en medio de las cloacas literariamente decoradas, perdidos ellos mismos entre los sinsabores de la semántica, decorando las promesas traicionadas, arguyendo lo pretérito, y entretanto cada vez más pobres, cada vez más hundidos, sumergidos en las cunas de los desperdicios atómicos, depositados en los países olvidados, cloacas del dinero; en medio de las ciudades malditas, entre los seres que eran beneficiarios de los programas de los alimentos genéticamente modificados, pero para quienes, sin opción, su consumo era políticamente correcto.
Las mercancías viajaban en costosas cajas, cubiertas protegidas y aseguradas, iban y venían, y nadie ponía reparo, mientras los grandes diarios gritaban: “el mundo es una aldea, ahora el mundo es pequeño”; pero los muros cada vez llegaban más lejos, cada vez llegaban más alto, cada vez más estaban por doquier; interrumpiendo el paso, exigiendo sellos, mirando el pase, revisando el bolso, esculcando la alforja, bombardeando rayos, atravesando el cuerpo. La consigna era: pasan las cajas pero no sus dueños.
Calamidad de calamidades, el planeta se había encogido, ya el soplo de una avispa producía un vendaval al otro lado del mundo, por lo que las máquinas infames, aquellas que iban de mano en mano, sempiternas, gloriosas y enhiestas, desdibujadas entre los logos impresos sobre las pieles curtidas, entre los membretes marcados en las cervices, casi como en el orgullo de sus esclavos, buscando y escarbando cual fieras enfurecidas, pero manejadas por quienes parecían ser solamente un pequeño grupo de amos, que a su vez resultaban ser propiedad de otro grupo aún mas pequeño, se estrujaban a sí mismas, y a quienes les pertenecían, tratando de alcanzar el máximo, de obtener el mejor rendimiento de todo aquello que entraba bajo sus designios.
En este deambular el hombre se iba despojando, en medio de la bruma de los decretos y del tribuno que lo visitaba para recoger los diezmos, de su túnica, de su blazer, de su camisa, y antes de que se percatara, estaba vestido de harapos que lo hacían irse diluyendo entre la muchedumbre, enredado entre los engranajes, apabullado por un grito: es un incapaz, diluido por el miedo, mientras los murmullos gritaban en silencio, es por culpa de sus ancestros, y ante aquel ruido, el hombre daba un paso atrás, mientras se desdibujaba llevando sobre su espalda todas las definiciones, todos los denuestos, por lo que cuando llegaba al fondo y se sumaba a la turba, de él solo se intuía una mancha esparcida por en medio del paisaje casi urbano, para luego encontrarle solitario, escarbando entre las migajas que caían bajo los comedores donde se desbordaban las odres y se dilapidaban los frutos.
Siempre había sido así, y así tendría que seguir siendo, y en las mentes de algunos y de ninguno quedaba duda alguna, casi todos lo daban por hecho. El mundo fue y seguirá siendo, y nada de lo que ha sido, dejará de serlo; sermoneaban desde los pedestales enronquecidos las voces santas del tiempo. Las voces matutinas, lo decían a voz en pecho, y soterraban las explicaciones de esa situación bajo las lápidas de la biología, o de la genética, diluyendo las miserias de un grupo de menesterosos que se deslizaban por entre las calles ignoradas; ellos mismos escabullidos por entre los cordones malditos que destrozaban la estética de las grandes capitales, sobreviviendo entre los desperdicios desarrollados y socialmente apropiados, sepultados en los países indignos, por entre los sueños puercos y enmohecidos de las turbas que ignorantes no entendían el color del cielo, ni el valor de los valores, ni lo importante de la libertad, ni como reutilizar los excrementos, ni lo benigno de la democracia, ni el mal olor de las cloacas que olvidadas reptaban por entre sus covachas, cementerios creados por el hedor del dinero; no obstante, y en medio de tanta podredumbre, nada hacía que las turbas olvidaran sus triunfos, alcanzados por sobre las cervices destrozadas pero dignas y firmes de sus muertos.
Las gallinas vivían ahora en los galpones, bajo los bombillos enronquecidos de tanto iluminar, cuidadas por un equipo de expertos, que vigilaban cuándo comían, y cuánto cagaban, cuánto crecían y cuánto valían, mientras medio ocultos tras las telarañas de los pensamientos exceptuados, nadie se ocupaba de ellos, no se lo merecen les decían: al menos hagan como las gallinas: pongan huevos, viviendo invisibles en medio de los barrios malditos, en las habitaciones oscuras y malolientes, refugios de los desdentados convertidos en santuarios de cristos escondidos tras los desnudos pliegues de las paredes de aquellos miserables cuartos. Al final de todo, y luego de miles de investigaciones, los dueños del saber se percataban de que aquellos seres habían perdido estatura, también peso, pero todo era debido a un problema genético, no a la falta de comida, ni a la buena voluntad de los gobiernos.
En las iglesias los cristos yacían acongojados y colgados para siempre en la misma cruz, conceptualmente erróneos pero religiosa, política y circunstancialmente necesarios, brindando bendiciones y esperanzas para los necesitados, pero sin esperanza para ellos mismos, por lo que intentaban cerrar los ojos para no sufrir; susurrando, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, casi en un cuchicheo, como con temor de ser apresados, diciéndolo casi con un sentimiento clandestino, avergonzados por sus sueños estigmatizados, como ilegales, y nadando en medio del aquelarre de tapices, y de iconos que, de antiguos, parecían contener toda la sabiduría, que en realidad era una invitada relegada y perdida en medio de un boato sempiterno, cual símbolo de civilizaciones sordas y caducas, esgrimida por príncipes a quienes su discurso bien podría seguir martirizando estando sobre los dos palos y bajo el INRI vergonzante, pero que al contrario de lo que las hordas creían, sentían algunos que enaltecía a los altos dignatarios que decían ostentar ese legado, y que se arrodillaban ante su imagen, como si fuera ante Satanás, en medio de un aquelarre de oropel, de tocino, de joyas, de eructos y de pedos, como de dinero. Ellos mismos con ganas de bajarse de la cruz, y ante tanto boato, deseosos de salir corriendo. No obstante, los solios no se lo permitían y los obligaban a mantenerse crucificados, sin opción ante tanto desmedro.
Los grupos de capataces, confundidos, marchaban con la cabeza gacha, la cerviz torcida, la mirada enhiesta y profunda, como de animal ofendido, empujando un engranaje que hacía mover la gran rueda que daba vida a la máquina que mantenía el ritmo y la fuerza para producirlo todo. Un ruido sordo inundaba las aldeas y se deslizaba por entre las inanes carteras y las botijas de las gentuzas que medio hartas de promesas, pero por poco casi famélicas, se humillaban ante el gran mago que con sus monedas escabullidas, esquilmadas, producto de discursos maquillados, pretendía adivinar los sueños subrepticios en las miradas trastocadas de los súbditos que a su vez intentaban otear los pensamientos y el futuro por entre los ojos prestados de quienes se desvivían por atender a sus enronquecidos y casi ciegos, pero opíparos y ajenos amos.
En el fondo de las chimeneas, llenas de los leños ausentes de las casas de los olvidados, extraídos de los bosques desolados donde ahora se sembraban los alimentos genéticamente tratados, se recirculaba el pesado aire de los cuartos de las mansiones escondidas, medio ocultas tras las enredaderas del boato, y las cámaras de seguridad furtivas disimuladas detrás de los fusiles importados, queriendo proteger ese mundo privado que, decían, era el alma del sistema y que en ultima instancia podría reactivar las pesadas máquinas ocultas en lo oscuro de las factorías, donde los enviados directos de los propietarios, trataban de aceitar los goznes con el aceite quemado en medio de las gotas del sudor sucio y maloliente de las pequeñas ordalías, que negaban los sueños que casi lastimeramente arrastraban, mientras, casi sensualmente, eran la base que intentaba hacer reactivar al gran juego del dinero, pero que ante lo famélico de las fuerzas de quienes intentaban mantenerlo en movimiento, tenían que correr en su auxilio los capataces que urgían a las canijas masas para casi convertirse en parte del consumo diario.
Por ello, y para hacer más efectivo su funcionamiento, que solamente significaba sacar el máximo provecho, una cofradía manejaba los alimentos, y otra el transporte y otra a los médicos, y alguna hacía las urnas, y otra fabricaba los muertos, y la que se encargaba de guiarlos al otro mundo y la que repartía la comida, y estaba la que recibía los críos, y la que producía los medios, y la que hacía las comidas, y la que fabricaba los trastos, y también los tiestos, y a lo lejos se veían las paredes de cartón con los techos, con el humo y el hollín de los carros y de las estufas, y de las fogatas melancólicas ávidas del carbón piedra y del carbón madera, para mitigar el frío, en medio de la quema de los cauchos de los carros y de las llantas de los tractores y del incendio de los campos, y los laboratorios clonadores de comida, y recicladores de mierda, y el humo de las pocilgas productoras de medicinas, y los muertos de las fabricas de cerebros.
“Todo marchar como un relojito” decían algunos, y así parecía que fuera; también estaba la horda que transportaba el excremento, y la que manejaba el orín, y la que manejaba el oxígeno, y la que manejaba los bancos de sangre, y los bancos de semen, y los bancos de hígados, y los bancos de brazos, y los bancos de piel, y los bancos de ojos, y los bancos de dedos, y los bancos de ideas, y los bancos de pensamientos, y los bancos de remordimientos, y los bancos de sentimientos, y las que producían los cadáveres que iban a alimentar los bancos de órganos y las cofradías que recogían la basura, y las cofradías que producían los sueños, y las que vigilaban a quienes soñaban, y las que vigilaban los sueños, y las que producían los dueños de los dueños de las cofradías y la que producía los rebeldes, y la que educaba a los ciudadanos, y la que los volvía hipotéticos, casi como un torbellino, como un huracán, envolviendo el aire, encerrando el horizonte, reduciéndolo; estrangulando los pensamientos subrepticios, persiguiendo a los creadores de sueños políticamente incorrectos; llenando la gran pira con las hojas de los discursos negativamente libérrimos, permitiendo sólo lo que el gran pensamiento, aduciendo el fin de la historia, comienzo del fin de los tiempos, época dorada y melancólica de felicidad sin tormento, de día sin noche, de noche sin sueño, de existir en ausencia del otro, además de desconocerlo, de satisfacción garantizada; negando lo que según el criterio, pues según parecía, todo era cíclico, no obstante a veces los ladridos rabiosos se salían de los valles, inundaban los cerros, uno que otro rebelde se salía del cauce, y de inmediato las sirenas nerviosas llamaban la cofradía que intentaba recuperar los cerebros, y los metía en cuarentena, y con palos y grillos y vigilantes ubicados en la mitad del pescuezo, escondidos bajo la piel, lo mantenían sometido a vigilancia estricta, controlados, medidos, evaluados, para ayudarles a recordar los valores perdidos, mientras los sumergían, por un par de horas, en pequeños cuartos tibios y oscuros, las factorías de sueños rosados y melancólicos, gestora de discursos infantiles y gestos cursis, y lágrimas de acero, y atardeceres grises, y tiernos pareceres, y flores regaladas en la mitad de una cuchillada, al final de un padrenuestro. Por momentos, nada de lo que había sido, continuaba siendo, y los ciudadanos llegaban todos los días a sentarse frente a la máquina productora de criterios, de donde salían pletóricos de ideas, en medio de un oasis de solaz lleno de misterios, que encubría el horrible mundo que nadie quería oler y mucho menos ver ni tan siquiera en sueños, olvidado en los polvos furtivos, con las meretrices bendecidas, en medio de besos asépticos, llenos de rosas y margaritas, rodeados de tetas quirúrgicamente infladas, en medio del amor escasamente perceptible tras los látex del miedo.
Y la conversación giraba alrededor del jamón serrano, y del caviar llegado de allende los océanos. De la última marca de licor concebida, y el último viaje a los países nuevos. En medio del ostentar de las monedas, legados de judas que quemaban los dedos, mientras por debajo de la tierra se deslizaban las palabras que iban levantado el asfalto de las calles, y llenando de dolor los pensamientos de los habitantes de los cerros.
Allí naufragaba el olvido, incluso se olvidaba haber olvidado, pero por si acaso el mal habido no lograba olvidar, entonces llegaban los chichones, y las fracturas, y se deslizaban los malos aires que marchitaban los atardeceres rojos y desfigurados, intentando ahogar las palabras dichas, promesas dadas en momentos de lujuria, mientras el candidato perseguía el sueño, mientras buscaba llenar su botija para calmar sus ansias, para saciar su desenfreno; pero que una vez alcanzado, necesitaba extrañar y relegar al abismo insondable del olvido; “hombre de bien que se respete, ha de prometer el cielo, mientras lleva a las reses para el infierno”; pero las reses se resistían, y entonces llegaban los palos y las quemas de autos, y los discursos agrandados, tratando de restablecer el orden, entre una burbuja de palabras, y de párrafos amenazadores. En medio de todo, llegaban luego las bendiciones y las súplicas y los cristos arrodillados y las amenazas del infierno; y el deslizar de los ánimos, y de las animas y de los santos; y cuando todo era inútil, se encomendaban a los aceleradores de partículas, encubiertos tras las máquinas disfrazadas de hombres de casco, desintegrándolo todo, y luego llegaban quienes recogían los desechos, y lavaban las calles, porque todo estaba perfectamente programado, todo milimétricamente diseñado, nada podía ser movido ni cambiado; el que era, era desde antes de llegar y permanecía así hasta después de morir, y nadie podía saltarse la barda, pues ese paso no estaba permitido y quien lo intentara, sino era el elegido, era execrado y perseguido, pues para eso estaban los elegidos, que eran quienes provenían de la fabrica manejada por la cofradía que lo proveía todo, incluso a los rebeldes, los únicos autorizados para tal evento; de vez en cuando soltaban uno, lo enviaban aquí, lo enviaban allá, aglutinando descontentos, para que luego las máquinas aglutinadoras recogieran los pertrechos, ubicaran la mano empuñada, aplicaran la escuela y la sotana, y las manos acusadoras, pero luego estaba la empresa que se encargaba de recogerlos, y así encontraban a todos los cerebros mal habidos, para aplicarles el programa encargado de neutralizarlos, y así se mantenía la buena marcha de una tribu que escondida tras las muecas de la felicidad, emergía de entre las sombras, manteniendo sempiterno el equilibrio, canalizándolo todo de la mejor manera.
La cotidianeidad de los dueños de las cofradías transcurría entre el fútbol, y el béisbol; el fútbol de salón, el parques y el juego, mientras se peleaban porque perdió mi equipo, y a veces hasta habían muertos; y otros porque ganó mi candidato, y en ocasiones por que perdió el propio, y la gente cantaba bebía y reía, y hacían el amor, y creían, y soñaban con un mejor mañana, y querían lo que el otro, y deseaban lo que el primo, lo que el hermano, lo que el vecino, todo dentro de la mayor normalidad, dentro del mayor regocijo, casi como en la gran danza de los felices, de los satisfechos, calamidad de calamidades, sin sentir que la presión iba subiendo, penetrando en las cervices, levantando las miradas, acuñando los cuerpos. Delirio de champanes entre los malditos quejidos, en mitad de los desagradables lamentos; huracán de arena en medio del jolgorio, penetrándolo todo con carencias de sueños; seres ajenos a las fantasías, harén de muchedumbres escondidas, escindidas de los cerros; pero los demás miraban las estrellas y se regocijaban en los suculentos platos, y se felicitaban a sí mismos y a sus amigos, y no escuchaban los desagradables ruegos que interrumpían las cenas, ni los lamentos que ahogaban el sueño, ni veían los ojos escondidos entre las rendijas, ni las manos deslizarse por debajo de las puertas, pues para eso estaba la empresa que todo lo hacía estético: y organizaban las manos sucias y carentes para hacerlas aparecer primorosas, las lágrimas se convertían en arte para agradar a los pechos henchidos, y ocultar de su vista los vientres hinchados y enfermos; encontrando la estética del hambre, y de la pobreza, para enorgullecer a quienes la ostentaban en hermosos marcos colgados en las galerías, donde se organizaban tales eventos. Por eso, los cuadros colgados en la mitad del lobby, enorgullecían a quien los exhibía y detentaba en medio del ostento.
Pero ya las manos se salían de los cuadros, ya la muerte sonreía al abrir la puerta y no en medio de las poesías que iluminaban los rostros rubicundos de los poetas encumbrados, ni en los cuadros de los tiernos delfines que ostentaban su piel como símbolo de sabidurías que no eran propias sino ajenas.
Y entonces la más excelsa de las ordalías considero llegado el momento de enviar a alguien que aglutinara las mentes exacerbadas por el sufrimiento, —para aglutinar los rencores generados por la estética de la pobreza mal entendida por las hordas que no podían apreciar más que su sufrimiento, incapaces de apreciar la belleza, la singularidad del momento, de las eternidades de los cuadros de los niños con las manitas extendidas, de lo estético de los versos que enaltecían el dolor y el sufrimiento producido por la escasez de alimento—, para desatar las tempestades, y para luego recogerlos. Ya había pasado mucho tiempo, y era de esperarse que de nuevo se procediera a efectuar la limpieza y la reprogramación de los sueños, y de las pesadillas, y de los deseos, entonces fue cuando la cofradía encargada de los rebeldes soltó al caudillo, y todo empezó como estaba programado, y la cofradía estaba contenta, pues había logrado sacar un buen ejemplar que aglutinaba a muchos de los insatisfechos, y todo marchaba muy bien, las pequeñas cofradías ayudaban a la tarea del elegido, pero, de pronto, el caudillo empezó a mostrar signos de estar mal programado, evento que se confirmó el día que estando en presencia de quienes se creían sus jefes dijo:
—La democracia esta secuestrada, vamos a liberarla.
Aquella frase retumbó por entre las ventanas, rompió los vidrios de papel de los ranchos colgados sobre las postales tremebundas de las grandes ciudades. Las flores agudizaron sus oídos, y los lomos y las cervices se sacudieron. Las palabras escondidas, iluminaron los ojos, y terminaron con lo virginal de los pensamientos.
La bruma invadió la mente de los transeúntes desaguisados, y en sus ideas permanentes, los nubarrones comenzaron a vislumbrar las tempestades que sobrevendrían sobre la tierra que se extendía a los pies de aquellos cerros. Pocos se dieron cuenta de los acontecimientos que estaban por llegar.
—Que nadie se quede en casa. Que cada quien recupere su libertad y su dignidad —Gritó el caudillo mientras caminaba altivo por entre las urnas donde se depositaban los deseos, las decisiones, los sueños.
Aquello causó revuelo. Las voces infinitas se desataron en el cielo; los gritos antecedieron al desgarrarse de las vestiduras, y a la ruptura de sotanas y de blasones del pecho. Las urracas se levantaron y empezaron a graznar anunciando el próximo rompimiento, y las miradas tiernas y comprensivas adquirieron un tono fiero.
Se esgrimieron las espadas, se afilaron sus aceros, los corazones otrora sonrientes se tornaron cada vez más coléricos. Orden y progreso gritaron desde las cavernas los guardianes de los templos. Que no quede piedra sobre piedra, si las cosas no vuelven a su cauce, que todo se convierta en dolor; la sonrisa en una mueca, y la felicidad en tormento.

Capitulo 2
Las turbas se arremolinaban a su rededor, y todo cuanto él decía se convertía en orden.
—Mande usted, le decían.
Y todos corrían tras de él, dejando tirados los corotos a mitad del camino. En su ansia, algunas mujeres olvidaban a los maridos y otras hasta los hijos, pero ni los maridos ni los hijos le prestaban atención a tanta carrera, tanta angustia, tanto desespero. Los más pequeños estiraban sus manitas tratando de agarrarse de las faldas anchas y floridas, largas y descoloridas como las faldas de los cerros; de las botas sucias y de las ilusiones harapientas que acompañaban a la muchedumbre; de las tetas que los nutrían y que parecían amamantar no sólo los impúberes, sino la inocente y joven patria que empezaba a salir de las nubes oscuras donde nada cambiaba, donde todo era banal y sucinto, breve pero perenne, casi libre, siempre y cuando se guardara silencio o se estuviera de acuerdo. Era un remolino que a pocos y cada día parecía llegar hasta los confines de la mirada.
—Espéranos, espéranos —le gritaban un tanto cansados.
Pero él volteaba a mirarlos, y parecía como si les insuflara el aliento de la hidra del cabello largo; de los venenos insuflados por los ofidios del desierto de la muerte que los hacía inmunes a los dardos venenosos de los emisarios de la misericordia y el perdón; de las maledicencias de las rémoras que escapadas de los infiernos intentaban ocuparles el pensamiento cada tarde llenando de ira y odio sus ojos, para no permitirles ver por ellos mismos, ni desde ellos mismos; por lo que luego de hablarles y devolverles el aliento, los hacía caminar más fino, con más fuerza y enjundia, con más inteligencia, perseverancia y, además, sin miedo. Entonces se encontraban con otra gente y le gritaban
—Agamenón, Agamenón: guíanos,
Y el continuaba casi con una sonrisa, pues le causaba gracia ver que cada uno encontraba en él, al que estaba esperando desde siempre; entonces procedía a señalarles la turba que le seguía, y todos se acomodaban, y trataban de agarrar los palos, las hachas, los cencerros, todo cuanto pudiera significar un arma, y los que no, empuñaban las manos, y las levantaban al cielo gritando y vociferando consignas que algunos decían olvidadas, perdidas en el recuerdo de los abuelos, y de las momias carcomidas, pero que estaban eternamente inscritas en el cuchicheo de quienes marchaban, no así en los antiguos libros de historia, de los que no se habían guardado celosamente, pues según decían la historia hacía mucho tiempo que se había acabado, y estaba en proceso de olvido y por eso ya no era necesario escribir nuevos libros de historia, pues la historia ya era parte de la historia misma, no había nada nuevo que contar, y quien se dedicaba a esos menesteres, estaba perdiendo el tiempo, y desconociendo la sabiduría de los grandes enviados de otras tierras y de allende los océanos. Todo había llegado a un estado en el que más nunca volvería a cambiar.
Por lo que si alguien insistía en escribirlos, pues todos esos libros irían a descansar la paz eterna en medio de los anaqueles execrados de las grandes bibliotecas, libros aquellos que ya nadie debería ojear, pero si lo hacía debía de ser reseñado, y ampliamente conocido, para que pudiera ser controlado, pues todo lo que allí se decía tenía que haberse diluido en el recuerdo de los anacrónicos, de las momias que mascullaban ideales prehistóricos, antiguos sueños de seres escindidos, y que la empresa encargada de neutralizarlos los había creído prescritos, fosilizados en el olvido, pero que resucitaban en las miradas de orates extraviados por culpa de aquellos discursos que la turba había escrito en las piedras sagradas de los tiempos, en las rocas eternas del recuerdo.
Se paró frente a todos y en voz alta dijo:
—Debemos repartir las cosas por partes iguales entre todo el pueblo Vamos a derrotar la pobreza…
Y las hordas gritaron emocionadas, pero nada más alejado de la realidad, pues según decían quienes se le oponían, la pobreza no era el problema principal, los pobres ya lo habían superado, pues ni siquiera para ellos su miseria tenía algún significado, ahora el problema era falta de redes, pero la gente no les creía, y entonces a su voz, se levantaba el polvo de los caminos, y de entre las nubes de polvo que se formaban salían los gritos de los seres que ignorados y casi prescritos, corrían desde los confines, gritándole,
—Libéranos, libéranos,
—Nadie libera a nadie, —les gritó un día un tanto incómodo—, cada cual debe liberarse a sí mismo, sino, no es digno de ser liberto.
Parecía entonces que cambiaba de rostro, como que le salían nuevas manos, y más manos se sumaban y parecían infinitudes de manos que se levantaban y se acomodaban a su rededor, como hordas de campesinos, hordas de obreros; pero luego fueron huestes y la fila parecía interminable, de pronto adquirió la apariencia de Washington y con voz grave dijo:
—Es necesario que de nuevo nos libertemos.
Y todos dijeron
—Sí, sí, sí.
Y salieron de debajo de los puentes retorcidos de la gran manzana, que podrida, se levantaba sobre sus propios desperdicios; del águila que inerme entregaba a sus hijos más débiles, a los más grandes y más fuertes, que eran los menos, para que les sacaran las entrañas, y es que eran más los prescritos que los elegidos, y empezaron a gritar:
—Somos libertos, nunca nadie volverá a decidir por nosotros, nunca más naide nos volverá a poner la pata en la nuca, tampoco nos volverán a ignorar ni a mantener prescritos, somos los elegidos, —mientras mostraban las manos sucias— La libertad en la vida; sino en la muerte, no es posible otro camino, —gritaban mientras marchaban con las miradas encendidas, sin armas, pero armados de miles de palabra que disparaban a los cuatro vientos.
—Enséñanos, —le dijeron.
Y él les hablaba durante horas, y todos guardaban silencio. Cuando él hablaba hasta el aletear de una abeja se distinguía.
A estas alturas todavía nadie sabía cómo se llamaba, pero cada cual lo llamaba de diferente manera, entonces, alguien dijo:
—Agamenón,
y todo el mundo dijo,
—Agamenón,
Entonces él miró hacia atrás, y todos dijeron:
—Se llama Agamenón,
Y lo siguieron llamando Agamenón, pero nadie sabía con certeza quién era ni de dónde había salido, y sus perseguidores decían: tiene un alias, yo alguna vez oí como lo llamaban pancho villa, otro decía, yo alguna vez oí que lo llamaban Washington, otros decían que lo habían oído llamar Bolívar, pero nadie sabía a ciencia cierta cuál era el alias que le correspondía, ni de dónde había salido; algunos decían:
—Yo lo vi hace unos días paseando por los palacios Eliseos, luego se paseó por Grecia y cuando me alejé estaba hablando con las deidades del Olimpo.
Pero otros decían que venía de más lejos, decían:
—No, no, yo lo vi en la provincia del tesoro cuando era atendido por los sátrapas eternos,
Y otros decían
—Yo lo vi en un barco cuando atravesaba el mar de la tranquilidad y luego de pasar, el mar había quedado agitado,
y otro dijo,
—Yo lo vi dando discursos en las colinas de la Atlántida, un poco antes de viajar hasta Babilonia.
Y todos se peleaban por que cada uno decía que lo había visto en un sitio distinto, y cada uno decía que era oriundo de su propio pueblo, hasta cuando él detuvo la caravana y con voz grave y severa dijo:
—Mi nombre es Tahuantinsuyo, y soy del fondo de la tierra, por lo que soy de todas las tierras, y de todos los tiempos, soy el fruto malparido, el fruto apartado. Soy quien nunca ha sido, y soy parte de aquel que fue crucificado. Vengo a fundar el gobierno de los seres escindidos, de los seres olvidados. .
Su madre, acostumbrada a tan profundos y trascendentales discursos, inclinó la cabeza y encomendó su hijo al altísimo. Todos gritaron de jubilo, y lanzaron al aire los sombreros raídos. Entonces lo llamaron loco, lo tildaron de nigromante salido de los infiernos lugar donde realizaba pactos con los ángeles venidos a menos, hasta algunas sotanas hablaron conminándolo al averno.
Así lo siguieron llamando, y dijo que él era de todo lado, que había sido el de siempre, y que todos y cada uno de los que le seguían, aún eran los mismos que siempre le habían seguido, por lo que ya nadie preguntaba de dónde había salido; el solamente los miraba y sonreía, y les indicaba el camino, y todos caminaban con la mirada profunda de quien busca el futuro, sin pensar en los riesgos; la turba sabía que hacia allí debía dirigirse sin mirar a otro sitio, y parecía casi como en manada, nadie miraba, todos confiaban en su sano juicio, pasaron por la tierra del Mapuche, y luego fueron a la tierra del Aymará y del Chibcha, hasta llegar a las riberas del Caribe; adonde llegaban todo el mundo les recibía con cánticos, y las mujeres sacaban las hijas casaderas para que él las casara, pero él seguía impertérrito, y les decía, guarden a sus hijas, y las tocaba con las manos y empezaban ellas a sentirse más revolucionarias y se olvidaban de las familias y se colocaban en las filas, desde las más chicas hasta las más ancianas, y todas se acomodaban a lo largo de la caravana y entonces se organizaban y algunas decían hay que casarse y se casaban y luego decían tenemos que darle hijos a la revolución, y entonces parían por miles, mientras marchaban todo el tiempo detrás, hasta cuando se detuvo y con su voz cavernosa pero dulce gritó:
—Basta ya, pareciera que estamos fuyendo, vamos a instalarnos en un sólo sitio, porque lo que necesitamos es acomodo, no andar realengos por el mundo, entonces se acomodó, y dijo:
—Empecemos por el principio: vamos a instalar el gobierno.
Escogió el valle y se sentó en las colinas; empezó a mirar en derredor y dijo:
—Aquí me quedo porque sufro de reumatismo, y todos dijeron: yo también sufro de reumatismo y también les empezaron a doler las coyunturas, hasta cuando él se dio cuenta que los otros se estaban enfermando más que él, y entonces sacó un decreto:
—Les prohíbo que se enfermen de reuma,
Y anticipándose a los hechos, les prohibió enfermarse de gota, y también de escorbuto, y de mal de amores, y todos dijeron que sí, que a partir de ese momento estaba prohibido enfermarse y no se enfermaron, y luego les dijo:
—Y además está prohibido morirse.
Los que estaban medio enfermos, se enderezaron:
Entonces quienes le adversaban dijeron:
—Ya no hay libertad ni siquiera para morirse.
Por lo que algunos de sus adversarios quisieron morir, pero como él había decretado que nadie se podía morir, pues no pudieron.
Por fortuna él se dio cuenta de que estaba prohibiendo muchas cosas, y optó por dejar que cada cual hiciera lo que mejor le pareciera, siempre y cuando no fuera por culpa de él que se hubiera enfermado, y mucho menos muerto: entonces sus opositores quisieron lincharle:
—Hay que lincharle, o fusilarle, porque esta dándole a quienes no lo merecen, pues no han hecho nada para merecerlo; pues no todo el mundo merece, hay que cumplir con las normas, respetar el estado de derecho, al fin de cuentas la tierra no es de todos, menos el agua, tampoco el aire, mucho menos el cielo; ese cuentico de que Dios es para todos, es un sofisma que mientras que no se aplique, es bueno. Además ¿quién se ha creído este?
Le gritaron que era un estafador, un delincuente, algunos de los más grandes dirigentes, le invitaron a opíparas cenas, tratando de convencerlo:
—Vaya, caudillo, baje el tono del discurso, mire usted, son los tiempos modernos. Encárguese usted de las almas, que nosotros, bueno, nosotros, nos encargamos de los cuerpos. Pero él parecía no entender, entonces los señores del dinero se reunieron y concluyeron que era necesario utilizar los Smith y Weson, al fin de cuentas lo moderno es lo moderno, y así se planteó.
Entonces apareció un hombre con un gran garrote, y dijeron, Agamenón es muy pequeño, lo va a acabar, pero Agamenón se insufló de la fuerza de la tierra y se convirtió en David, y sacó su honda y dijo voy a disparar un dardo lleno del elixir de la verdad,
Entonces él vio que el gigante tenía toda la fuerza, toda la violencia, todo el odio, por lo que decidió volver a sus entrañas, a su origen, a su ser originario y a partir de allí se sumergió entre los mensajes enviados desde las ventanas y las puertas y las alcantarillas donde moraban los ignorados, para poderse mantener en el mismo sendero que hasta ese momento había caminado junto a ellos; también para no olvidar su origen, y acudir a buscar sabiduría en el conocimiento que por milenios habían acumulado quienes antes de él habían sido, y a partir de él volverían a ser de nuevo, pues ante tanta barbarie, tuvo miedo de olvidar de dónde venía; de la misma forma encontrar la sabiduría en el verbo que se escondía entre las piernas sucias de trabajar la arcilla, y de cortar el maíz, y las manos callosas de morigerar las mil formas de torcer la lana y de hacer el textil, y las palabras que siempre se habían usado para olvidar la ausencia y el olvido, y el dolor de saberse un pueblo elegido como todos los demás pueblos; aunque su herencia fuera un legado escondido de sabidurías conservadas celosamente en las palabras y en los versos de las tribus olvidadas, recuerdos medio dibujados en las pirámides que sólo expresaban su grandeza para poder retomar el sendero perdido; hurgó asimismo entre las señas escondidas en el quipu de los tiempos, de seres que aún sin un papiro escrito, guardaron celosamente el saber de su era, para que perviviera en la memoria de los hijos de sus hijos, y los guiara para encontrarse de nuevo como pueblo. Se llenó de la altivez perdida tras la caída de la cabeza del propio Manco Cápac, y de la fortaleza escondida en la fuerza enterrada bajo las ruinas de las losas superpuestas sobre los inmensos cerros andinos, y sobre las crestas olvidadas de las cabezas rapadas que poblaban las orillas del Atlántico para poder soportar los embates del gigante sin agachar la cerviz, ni doblegar el cuello. A partir de allí se convirtió en serpiente, y cuando sintió que lo iban a aplastar devino en pantera, y luego en perro, y el gigante no sabía nunca dónde estaba, y lo atacaba por el frente, de pronto por la espalda, y el gigante le decía: déjame verte, y entonces él aparecía, pero al instante siguiente se difuminaba y aunque no venció al gigante, a partir de ese momento declaró el comienzo de la rebelión global, y se agazapó en medio de los árboles infinitos, en medio de la selva abigarrada, entre las faldas eternamente largas y floridas de las mujeres de los cerros, en los desiertos de la muerte donde sólo el áspid era el amo. En las llanuras infinitas de los desiertos, en los reinos olvidados donde los dioses son pretexto, mientras el gigante preguntaba “¿alguien ha visto al delincuente?”, y nadie decía : “yo le he visto”, pero él andaba metido entre las cocinas, en los extendederos, atrás de las escobas, en los cuartos de san alejo, en las pirámides del sol y de la luna, en el corral de los cochinos, en medio de los recicladores y escondido entre los basureros; tomaba formas sinuosas, por las autopistas, por entre las calles, como si fuera hordas de famélicos, con vivos colores manchados, deslizándose entre los cantos lastimeros e infinitos de los hombres del asfalto. Y entre tanto, sus seguidores crecían en número, parecía que se reproducían a los cuatros vientos, por el este, el oeste, por las tardes, o en las noches parisinas, de los hijos de los negros que echaban en la gran pira la ira por los peugeot y los mercedes que solamente podrían ver en las pantallas de televisión siempre extraños, siempre ajenos. Se escondía entre la rabia de los desdentados que reclamaban una parte del mendrugo del vecino, de la torta del faisán, y preferían quemar las realidades ajenas, antes que verlas rodando por sus predios. Entretanto, los rumores rodaban como bolas de nieve bajando por los caminos, disfrazados entre los cencerros de las vacas y las riendas de los jinetes que desheredados se desplazaban por en medio de los llanos, por entre los bosques, pues según adujo:
—Al aire, al agua y a la tierra todos tienen derecho.
Luego marcharon en las tierras del gran toro sentado, y después se reunieron hacia el sur, en la tierra de los vientos, de la pantera negra, y de la gran piraña, y allí estaban cuando dijo:
—Nadie intentará alimentar a la gran bestia con las monedas de los pueblos Ni a la bestia, ni a sus descendientes, ni a sus amigos, ni a sus familiares daréis comida ni pertrechos..
Mientras tanto se consolidaba su movimiento, decidió echar rodilla en tierra y la llamó tierra de Agamenón:
Entonces sus seguidores humedecieron sus dedos. Y cuando se contaron eran millones, parecían como traídos por el viento. Salían como los granos de sal, como la plata o el cobre, o como el quinchoncho, todos ellos frutos del suelo.
—Me cansé de caminar agachado, y la gente se rió, y de andar agachado me dio este reumatismo y es por eso que escojo estas tierras, pues aquí se cura el reuma y la gota, ahhh y también la ciática que a veces se me acomoda en medio de la espalda, y la gente sonrió, aunque dicen que al caudillo nunca le da nada, y la gente dijo, mentira, al caudillo también le da ciática, pero algunos decían que él no era negro, sino criollo, y él decía:
—Mentira, yo soy de la tierra negra, y de la tierra del azufre, y mi color es el color que da la selva, y entonces parecía como un tornasol, pasaba del blanco al negro, y al amarillo, y luego parecía tener todas las caras, y cada cual lo llamaba como siempre lo habían llamado, y parecía como el camaleón, su color cambiaba y todos lo veían como se veían a sí mismos, por lo que todos y cada uno decían: es uno de los nuestros. Entonces el negro decía, es negro, es negro; y el indio, contestaba: ¡mentira! él es aborigen como los espíritus eternos, y el blanco y el amarillo, decían que él era como eran ellos, y entonces se acomodaba, se colocaba la charretera, y todos se acomodaban la camisa, y luego miraba al piso, y cuando él se ponía a mirar el piso todos los que le seguían miraban al cielo, como esperando algo, y él decía estoy pensando, y entonces las gentes se levantaban y miraban y oteaban el horizonte, y buscaban entre las rendijas, y decían, saquen a los pájaros de sus escondites que no queremos sorpresas, y entonces él decía, ya termine de pensar y se levantaba y solamente se quedaban de pie unos cuantos, mientras oteaban el horizonte, y miraban en las rendijas del piso, y los demás escuchaban y pedían que hablara y él hablaba, y parecía como el cantar de los canarios, todos se callaban y así duraba horas y horas, y algunos se asombraban y él les decía:
—Las armas nuestras son la palabra y nuestros cuerpos. Nadie podrá cargar otra arma que no sea el verbo. El caudillo lo ha ordenado así, y así debe de seguir siendo. Es el comienzo del gobierno de todos los pueblos.
—Ninguno como él, él habla como nosotros, él es de los nuestros por fin llegó alguno como nosotros. Gritaron sus adeptos.
Entonces nadie sentía vergüenza de sus harapos y de sus andrajos, y él abrazaba los hijos de la tierra, y les limpiaba las porquerías y hasta los besaba y los cargaba en sus piernas y después los depositaba de nuevo en los brazos de la madre tierra, y las manos se levantaban tratando de tocarlo, pues decían que el niño había sido distinguido y esperaban que el muchacho diera grandes frutos cuando creciera, y las mujeres envidiaban a las afortunadas que lo habían poseído, y soñaban con compartir su cama, y los maridos sonrieron y nadie se sintió afectado, y hasta los hombres miraron a sus mujeres con sonrisas pícaras, y todo el mundo calló, pero él dijo:
—Cada cual en lo suyo, yo regreso a mi conuco, —mientras las mujeres soñaban con él, y con tenerlo a su lado y parir muchos hijos suyos para la revolución.
Cuando lo reconoció el pueblo, entonces cambió el palacio de gobierno y se construyó un conuco que llamaba casa presidencial, y le llevaban marranos, burros, algunos le regalaban bejucos, que para cuando lo atacara el ataque de gota, o para cuando lo aquejaran las fiebres del reumatismo, algunas mujeres le llevaban caldo de pajarilla para que tuviera más hijos, y cada uno le regalaba una cosa distinta y él las iba poniendo en el complejo de conucos presidencial, y así iba creciendo; que si el conuco de bienvenidas, y cuando se llenaba entonces abría el conuco para grandes recepciones, y al otro lado que si el conuco para los cochinos, y cuando se dio cuenta ya no sabía dónde poner tanto coroto, y entonces agarró un chinchorro y lo puso a la entrada del palacio conucal, que así lo llamaba, y allí se arrellanó. Mientras tanto los guardaespaldas, se acomodaban en los alrededores, y cuando él dormía, en ocasiones se cambiaban de cama porque los enemigos lo perseguían pero también lo perseguían las mujeres, y él dijo: espérense que no soy semental, y le tocaba salir huyendo, subiéndose por las paredes, pero entonces algunas mujeres se volvieron trepadoras, y las veían guindadas de los techos, y entonces los guardaespaldas las sacaban porque él decía que se debía a una sola que era la que lo esperaba en las noches después de haber andado como ánima sola por entre los conucos, como si estuviera pagando los pecados de este mundo, pero de vez en cuando rezongaba, tengo sueño, y los que lo cuidaban decían: es que es igualito a nosotros; le da sueño, y no tiene ni medallas, ni titulitos, hasta le dan los mismos güelores, y se regocijaban por que era igualito a ellos, y no era más que ellos, y decían que era el primero que era así, porque antes de él todos andaban perfumaditos, y entalcaditos, y emperifolladitos, y llenos de blasones, y medallitas y titulitos, y entonces más lo cuidaban, y agarraban las botas y las ponían a la entrada del conuco para que los olores no interfirieran con el trabajo de los empleados del estado, y de paso ahuyentara a los enviados de las tierras del otro lado del mundo, porque, según decían era necesario mantener las formas, y él los dejaba, y les decía
—Échenles alcohol pa que se mueran los malos olores, porque es que son como los espíritus.
Y recordaba sus épocas de a caballo, pero lo que no añoraba era el dolor de grupa, pues decía que cuando se está montado en una bestia durante tres días, pues el fundillo se funde, y él decía que las botas le hacían recordar a Pisba, y también la Plata, y las minas del Potosí, pero los guardaespaldas mejor guardaban silencio, y lo achacaban al exceso de trabajo, a los pantanos, a los muchos días de travesía, y algunos decían es que ese es el olor del cerro. Y los enemigos decían que para seguirlo, sólo se necesitaba darle a oler las medias a un perro de caza, pues ese olor era inolvidable, y de seguro que ya el animal no iba a descansar hasta tanto no le diera caza, y así pasó más de una vez que los enemigos les dieron a los perros a oler las medias, pero entonces, algunos perros cuando lo encontraban se echaban en su presencia, y no eran capaces de morderlo, y así paso más de una vez por lo que algunos de sus enemigos empezaron a decir que tenía pactos con luzbel, y con todos los diablos de los profundos infiernos, que había hecho pactos con Belcebú, y decían que por eso les hablaba a las bestias, y que el olor de las botas era el olor del infierno. Síntoma de que se la pasaba allí metido, entre los diablos: sus dueños. Pero él seguía impertérrito. Entonces agarraban lo del conuco, que si el conuco es muy grande, que si es muy chico, que está en la mitad del monte, que si las letrinas, que si los cuadros, pero lo cierto era que el conuco presidencial estorbaba en las mentes de los preclaros enviados del imperio, y decían:
—El conuco no es un palacio, como los hacen los buenos gobiernos.
Por eso algunos nativos decían:
—¡Es una vergüenza! ¡Qué pensaran los países extranjeros! Y sentían vergüenza del conuco y de la piel, y de sus sueños. Entonces no soñaban en su lenguaje, sino en lenguajes extranjeros. No leían sus noticias, sino las noticias de muy lejos. No sabían cómo se llamaba el caudillo, sino el rey de los hunos, el príncipe del sol naciente, y la princesa de la mesa redonda, y de la casa que un día del blanco tornó al negro. Se paraban entonces frente al espejo, y se echaban cremas blancas para mejorar el aspecto, y así parecer inteligentes y decían:
—No somos gente inteligente, ni maduros, ni conscientes, ah, pero eso si, nos gustaría serlo. Sí, nosotros no podemos.
Y entonces quienes decían que sí sabían, les respondían:
—Pero ya empezasteis a serlo. La inteligencia llega cuando se niega a sí misma, y se declara el impedimento. Yo les diré cuándo pueden; no antes: sólo hasta ese momento vosotros podréis ser grandes, mientras tanto, os tutelo; la libertad os ha llegado muy pronto y la democracia os ha acongojado, pues no supisteis guardar silencio. Entended que la democracia, es ante todo, sumisión y silencio.
—Tuteladnos, tuteladnos, que queremos ser como vosotros, no aspiramos a menos.
—Mentiras, —gritó el caudillo—, ustedes son adultos, vaya no sean pendejos. Que el color ni la condición social son un impedimento. Denme capital, tierra, gente, y tecnología, y yo te cuento un cuento. La libertad se conquista, no se aprende, la libertad no se obtiene cual limosna recibida por un mendigo.
Pero esas razones no fueron suficientes para quienes se arrodillaban ante quienes con mucho empeño les tutelaban, mientras les pasaban con mucho cuidado una mano suavemente sobre sus cabezas, y los sentaban en sus piernas, para arrullarles con frases llenas de aduladores versos.
—La libertad se logra, no se aprende —les repitió el caudillo en medio de un discurso mientras inauguraba un estadio de béisbol.
Pero quienes no le entendieron, se ofendieron ante sus palabras, y lo tildaron de violento.
—Mirad como nos llama a la violencia, por eso sus hordas son así, es culpa de él, esa es su esencia.
—Es un imbécil, le gritaban desde el solio patricio.
Un día llegó al conuco presidencial y encontró que los mercaderes estaban allí cobrando algún estipendio, y monto en cólera, salió corriendo, y empezó a expulsarles, fue por los rincones empujando los canastos y las bolsas, y las carteras con dinero. Arrojó a las fuentes de agua las lisonjas, y quemó en una pira, que armó en la plaza de armas, los elogios llenos de rimbombantes versos. No quiso escuchar más palabras bonitas y luego en el colmo de la ira se sumió en un profundo silencio, que solamente logró romper la negra petra cuando le ofreció un café negro.
Pero quienes le adversaban dijeron:
—Purga, razzia, división de los violentos. Y a quienes él decía delincuentes les hicieron monumentos. Los llevaron de pueblo en pueblo.
—Ved, ha sido denostado. Ved, ha sido utilizado. Ved, ha sido maltratado. Después de que los usa, los bota. Algunos de los de a pie, así lo creyeron. Por todo el país los exhibieron.
—No, no se trata de eso. Miren que se cogió todo el dinero. Se llevó la plata de los pobres, los dejó sin medio.
—Mentira, es persecución política, tiene alma de violento. Sacó a sus seguidores porque no le dieron dinero. Esta a la caza de mordidas, de palangres y de… luego guardaron silencio. La turba los miró y se formo su propia opinión, pero no dijo absolutamente nada. Continuaron trabajando, mientras que el descendiente de Judas salió corriendo con los dinares escondidos en las alforjas colgando de un cordel alrededor del cuello. Entonces el caudillo guardó silencio.
Capitulo 3
El caudillo permanecía en constante movimiento, subía, bajaba, entraba, salía, y nadie sabía a ciencia cierta dónde se encontraba, por eso sus enemigos decían que tenía el don de la ubicuidad, pero era más un problema de hiperquinesia, que le había quedado desde su más tierna infancia, cuando sus hermanos lo echaban de todos los sitios a donde entraba, pues, según decían, era demasiado impertinente y no lo soportaban; entonces tenía que estar corriendo y escondiéndose en uno y en otro lado, y desde esa época le había quedado la sensación de que en todo lado estorbaba; aunque, tiempo después, un grupo de famosos magos descubrieron en las cartas y los oráculos runas que aquello había sido un trauma infantil adquirido durante el embarazo ya que ni siquiera su madre lo quería, al menos así lo dijeron los más grandes científicos del cerebro, claro que él más lo achacaba a la necesidad de estar encima de todos los camburcitos, que así llamaba a los grupos de gentes que organizaba e iba dejando por el camino, que si agarre esta tierra, y que le den palas y machetes, y traigan semilla y un par de bestias, y que monten el camburcito, y así había sido desde cuando lo habían nombrado el rey de los sin nombre, oriundos del país de los ignorados, hijos de los soldados desconocidos; no obstante, muchos, a partir de entonces, lo empezaron a llamar el loco, pero de eso nunca se enteró; quien si se enteró fue su madre en una ocasión en que la estaban asediando, le dijeron que ella nunca había amado a su hijo y ella aclaró que nunca había dejado de quererlo, pero el embarazo había sido muy duro, y seguramente el creyó sentir un rechazo cuando la verdad era que como era su primer embarazo, su organismo no estaba preparado para tener un hombre de tanta importancia para la patria como su hijo, pues ella era una persona muy humilde, y, lógicamente, al dios haberla elegido para tener un prócer de la patria, su cuerpo no se acostumbraba, y claro, con tanto malestar que le había pegado, pues de pronto su hijo habría pensado que ella no lo quería, pero algunas personas decían que la madre decía aquello para evitar que el pueblo se rebelara y sacara a su hijo del palacio conucal antes de tiempo; pero, según decían, la verdad era que el organismo de ella lo había rechazado, pues ni la misma naturaleza lo soportaba y desde su más tierna formación la naturaleza siempre quiso execrarlo, pero no había podido, y aun así había nacido, asunto por el cual él se sentía predestinado para grandes cosas, por haber sido curtido desde cuando estaba en el vientre; no obstante los murmullos y las razones que daban pie a aquellos comentarios no terminaban nunca, parecían un rosario de lamentos y siempre aparecía algo nuevo, alguien decía cualquier cosa que aterraba a las señoras, y las que eran de bien se asustaban más, no tanto las otras, pues las que eran de bien, habían tenido mayor oportunidad de ver el mundo y entonces ellas sí conocían de la vida, no así las otras, pero igual algunas de las otras también creían, y se santiguaban y decían que era un castigo divino, que todo había empezado desde el día en que se había producido el viaje a la luna, pues le habían hecho un hueco a la tierra por donde estaban entrando los malos espíritus, y claro él se había colado, pues estaban yendo en contra de las leyes de dios y, además, de repeso, estaban clonando animales, por lo que sus enemigos decían que él iba a ser el primer clonado, cosa que aterraba a las señoras, a la más mayores, y entonces se encerraban a rezar y a orar para que dios lo iluminara, y lo perdonara y que si lo clonaban, al menos le quitaran la horrible verruga que lo hacía ver como el macho cabrío que pintaban salido de los infiernos, y que lo llevara por el buen camino para que nunca más produjera malas decisiones, para que nunca más se le ocurrieran leyes decimonónicas que lo único que hacían era dispersar el país, entregándole a cada uno un pedacito, cuando lo importante era que estuviera bien concentrado, y en vez de entregarle la tierra a mil, debía entregársela a uno, pues sólo de esa manera se mantenía cohesionada la patria, ni esas otras leyes que estaban en contra de lo que decían los oráculos runas, ni las cartas egipcias, ni la baraja española, que tan buenos resultados había dado cuando se trató de predecir la catástrofe, pues él era el enviado negro, signo del fin de los tiempos, pero que debido a un problema de comunicación fue necesario suspenderlo, por lo que el fin no había llegado, pero estaba absolutamente claro que no fue por culpa de las cartas sino que desde ese otro mundo paralelo, se percataron que la gente estaba movilizada y en pie de guerra contra todo intento de sacarlo del poder, y por eso, luego de escuchar al gran enviado, la gente volvió a creer, porque en un principio el caudillo había dicho que eso era mentira, que quien había leído las cartas lo que quería era tumbarlo, sacarlo del gobierno, pero alguna gente por fortuna no creyó en tamañas mentiras, y le otorgó toda su credibilidad al gran enviado, y volvieron a creer en las profecías, tanto de magos, como de profetas, y gitanas que leían la mano, y por eso fue tan desacreditado, pero por supuesto que todos aquellos a quienes él engañaba, le siguieron creyendo, y decían que sí, que los brujos lo que querían era tumbarlo, que todo lo decían con segundas intenciones y que alguien les estaba pagando por decir todas esas cosas, pero un sector tenía claro que eso no era así, que las profecías decían verdad, pues para eso lo decían los magos de la palabra y de la imagen, y se asustaban terriblemente y que si las profecías no habían sucedido, no era por culpa de los profetas sino del caudillo que le gustaba llevarles la contraria, porque era que así lo habían de malcriado. Entonces él maldijo a los videntes, y a los profesionales de las artes adivinatorias, y les expulso del templo:
Entonces le replicaron:
—De esas tierras de donde vos sos, no puede venir nada bueno, —gritó alguno desde el fondo de la muchedumbre cuando él intentó dirigirse a quienes le adversaban.
Por fortuna los magos del verbo y de la pluma aun permanecían en pie dando la cara, y enfrentando la andanada, y lo denunciaban aquí y allá y acullá, y le contaban al mundo entero que había traicionado al pueblo, pues les estaba entregando la tierra, según dijeron para corromperlos, y los machetes y el arado para que se mocharan los dedos, y les entregaba semilla para que al crecer, se ahogaran entre tanto pienso; y a los otros hogar y vivienda quien sabe con qué objeto; y, además, estudio para que luego no entendieran qué hacer con tanto conocimiento; bueno, lo del trabajo, según decían estaba un poquito complicado, pero entonces les daba comida con el ánimo de que se murieran de llenos, pensando en que les subiera el colesterol, el ácido úrico y además los triglicéridos; todo esto decía él dizque para ayudarlos, por eso los más entendidos, estaban tratando de acabar con su gobierno, pues todo aquello era símbolo de un nuevo tipo de dictadura que según decían no tenía presos políticos, ni medios de comunicación cerrados, ni central de inteligencia para torturar a nadie, sin excesos contra los derechos humanos, era un nuevo tipo de dictadura al que nadie estaba acostumbrado, pero se percibía, se sentía en las tardes, cuando se salía a la calle, se sentía en los comentarios de la gente, este régimen nos va a matar, decían algunos, y entonces, la gente se quejaba de la dictadura, y alguien decía “ayer golpearon algunos”, y el otro comentaba que: “a los otros también”, pero nada de eso le constaba a nadie, ni salía en los diarios, aunque no estaban censurados, pero todo el mundo lo sabía, y corría de boca en boca, no aparecían los muertos y entonces se suponía que los habían borrado de la memoria para que nadie pudiera reclamarlos, y entonces se investigaba, pero tampoco se encontraban los cuerpos, y nadie encontraba al que faltaba, porque nadie nunca faltaba; pero entonces argüían que los habían borrado del recuerdo, por lo que nadie los extrañaba, pero la opinión publica si lo sabía y por eso lo denunciaban, y llevaban el caso a los grandes conciliábulos tribales de otras tierras, al congreso de los pueblos, y allí se debatía y se exigía poner fin a una dictadura tan terrible en la que ni siquiera se sabía de los desaparecidos que hacían falta, y no aparecían en las bitácoras de las inspecciones, porque a los vigilantes se les olvidaba tomar nota, pero nadie veía entrar vivos ni muertos, ni salir tampoco y por eso no aparecían las fotos; y todo el mundo hacía lo que le venía en gana, este aquel y el otro, pero al menos muchos se quejaban, y subían las voces, para denunciar la existencia de un exceso de libertades, existencia de libertades que era la forma de mantener oprimido al pueblo, pues el asunto era como el agua para quien tenía sed que con tan solo un vaso se sentía satisfecho, pero si le echabas un océano encima entonces terminaba ahogado, por lo que se notaba que era esa la táctica de apabullar al pueblo, echándole tanta libertad encima, que atosigaba a los más libérrimos; y volvían a repetir lo de los presos y lo de los muertos, y lo de las torturas porque de que existían, existían, y aquel que no quisiera entenderlo era por falta de entendimiento, pues ellos lo decían y quienes más entendían lo repetían a voz en cuello, para que los demás se enteraran, pero entonces les preguntaban ¿dónde están los muertos ? ¿y dónde los detenidos ? y no sabían responder, y es que no hay nada peor que ver lo que no se debe ver, entender lo que no se debe entender; por fortuna, los seres más ilustrados apoyados por quienes se decían las fuerzas de la verdad, intentaban explicarle a la gran mayoría que la pobreza y el atraso eran por problemas ajenos, problemas geográficos, genéticos, y no como pretendía explicar él que el asunto era por una cosa que llamaba los términos de intercambio, pues nada más alejado de la realidad, si es que la realidad era casi fantasiosa, Y entonces algunas señoras se asombraban y miraban al hijo del patrón y decían,
—Miren al señorito, el señorito sí sabe,
Y el señorito levantaba el tuste, y sacaba el pecho, inflaba las fosas nasales y entornaba los brazos.
—Sí señor el problema es genético. Miradme a mí, yo soy un buen ejemplo.
Y la negra petra decía al ver que los cimarrones levantaban los brazos como amenazando y escupían al suelo:
—Y miren cómo ofenden al señorito, cuando el padre es venido de otras tierras y es de tan gran señorío, y miren al tucuso aquel que quieren inflarle los motetes al señorito
Y entonces se santiguaban y salían corriendo a buscar el agua bendita a ver si lograban sacarle el diablo a aquellas gentes, y las regaban, pero no pasaba nada, el agua bendita no enderezaba los acontecimientos.
Entretanto un pequeño grupo de seres entendidos rogaban al señor porque todo volviera a ser como antes, pero ya nada ni nadie podría echar atrás el tiempo, por lo que algunos hasta decían: “no importa, con sangre también entra, así se aprende, así nunca se olvida, con sangre también entra” y rogaban por que vinieran los seres alados que impusieran la libertad desde el cielo, aplicando milenarias técnicas que le enseñaran a sus secuaces a respetar a los buenos, y a erradicar a los malos, que según ellos, no eran responsables de sus actos, pero parecía que las cosas habían llegado para nunca marcharse, por eso cuando miraban las paredes, veían los tapices quiméricos, las nubes azules, y un sol amarillo, que de tenue y melancólico producía en los viejos el recuerdo de los cencerros, y de las gallinas y los burros pastando debajo del cielo; se decían que todo algún día se volvería a mirar con el color rosa que se había perdido desde cuando las hordas enredaron el mundo y no aceptaron su destino, quisieron torcerlo, pero los hados del azar, según dijeron, no torcerían el brazo tan fácilmente, y entonces el sol se había convertido en un círculo rojo encendido que según ellos estaba envenenando las casas, las ropas, los alimentos, los pensamientos y los deseos, pero nadie respondía cuando preguntaban qué era lo que la sangre enseñaba, y las voces callaban y se perdían entre el ruido de los vehículos acorazados que se deslizaban por sobre las calles adormecidas, que salían de los que soñaban despiertos. .
—El pueblo perdió la razón ; gritaban. Observad emisarios del mundo : —gritaban a voz en pecho—, creen que todos somos iguales, imaginad tamaño entuerto.
—La democracia con sangre entra, —gritaron algunos encopetados hombres de negocios llegados del otro lado del mundo.
Y los enviados de allende los océanos, asentían de manera dulce y grata, mientras cuidaban las alforjas, y los dinares que llevaban a sus dueños. Por lo que, decían, pronto tendrían que llegar las benditas explosiones, y los vuelos rasantes sobre los techos de las casas de los barrios engargolados en las afueras de las ciudades, debajo de los puentes, sobre los caños de las hordas que malolientes escindieron el camino y perdieron su rumbo en medio de los cantos y del boato de promesas, y de sueños, y de votos excluidos y de animales, fincas y tierra yertos.
Pero al caudillo nadie le creía, por fortuna, bueno algunos pocos, los que aún le seguían, pero que según decían los había comprado entregándoles tierra y maquinaria y semilla, y a otros los empleaba, y les prestaba dinero para que montaran sus propias empresas y de esa manera les compraba sus conciencias, pues cuando el premio es merecido, vale, pero cuando es inmerecido, lo que se busca es comprar la conciencia, pues quien no tiene derecho, pues no tiene derecho; y hasta a algunos los ayudaba a crear una cosa que llamaba cooperativas, y aquellas gentes creían que le estaban haciendo un bien a la patria, pero era que no lo sabían, no entendían cómo él compraba las conciencias, pues al fin de cuentas ninguno de los beneficiados lo merecía, aunque pensaban ellos que sí lo merecían y que era bueno, y entonces cuando lo escuchaban algunos hasta lloraban, y soñaban con una patria grande cuando según parecía todo estaba perfectamente planificado para que ellos fueran manipulados de esa manera y creyeran todo lo que creían y soñaran todo lo que soñaban; pero por fortuna aun quedaba gente que si entendía lo que estaba sucediendo, y no se amilanaban ante una dictadura tan feroz y tan criminal y lo desenmascaraban continuamente, le gritaban que él era un dictador, aunque él decía “pero no hay presos políticos”, y ellos le respondían: “pero ya los habrá”, y él les decía “pero no hay torturados”, y ellos le decían: “pero ya los habrá”, y aunque él les juraba que no, que jamás haría algo como eso, ellos lo sabían, ellos sabían que algún día sucedería porque estaba escrito que era así, que él no podía escapar a su sino, que la verruga lo dictaminaba así, y que nadie podía escapar a la maldición de la verruga, por lo que muy pronto su espíritu se lo ordenaría y más temprano que tarde lo haría, total que siempre había sido así, nunca había sido diferente y todos aquellos que se parecían a él siempre habían sido así, por lo que él no podía ser de otra manera que no fuera la de quienes como él habían intentado hacer lo que él, y por tanto él tenía que ser como ellos, por que la historia no se equivocaba; claro que él decía que no era de ninguna manera; que él era como era y que no imitaba a nadie, y que además cualquiera podía ser como quisiera, pero ellos le respondían que eso lo decía por disimular, pues él sabía que él era como ellos le decían que era, pero se negaba a aceptarlo y además ellos no se podían equivocar y total que como además lo habían dicho algunos sabios hipocráticos, pues con más veras aún, por lo que ya lo podían ver gobernando por toda la eternidad, aunque él les repetía que él no pensaba quedarse con el poder para siempre, pero ellos lo habían visto desde el primer día en que se paró en la plaza publica y dijo que el cambio era para siempre, y claro, era que se había equivocado por que el cambio no era para siempre, por que el cambio tendría que cambiar algún día y lo que había sido tenía que dejar de ser, por que lo que es hoy a lo mejor mañana ya no lo es, y si era cambio, pues tenía que ser por un rato y no por toda la vida, porque entonces ya no sería cambio, y algunos de ellos le explicaron eso, y entonces él aceptó que sí, que tenían razón, que el cambio sòlo era por un rato, para después cambiar de nuevo y entonces le dijeron que el tiempo del cambio ya se había acabado, que por lo tanto todo tenía que volver a ser igual que antes, como antes, cuando ellos estaban en el poder, pero él dijo que no, que después de él, sólo podía llegar otra cosa y no lo mismo, por que sino, entonces, no iba a ser cambio, que el cambio era hacia adelante que hacia atrás no habían cambios, y los otros le respondían que ya nada sería igual que antes, que ellos eran los mismos por fuera, pero no por dentro; por lo que ahora sí iban a cambiar aunque pareciera que no eran diferentes a los que antes habían sido, pero como él no aceptaba, cada día lo denunciaban con más furia, con más empeño, con más saña, pues cuando se ama la libertad no se puede actuar de otra manera y si la vida se va en ello, pues es necesario que se vaya, decían, y entonces unos pocos jóvenes llenos de fervor ponían sus pechos, pero no les enviaban los militares, ni los policías, ni las organizaciones secretas, de todas formas ellos avanzaban con más fuerza, y protestaban con más fuerza, y exigían que les mandara la represión, pero nada de eso sucedía, no obstante los muchachos no se amilanaban, y hoy protestaban aquí, y mañana allá; y así lo decían los diarios, así lo denunciaban en los foros internacionales, y el mundo empezaba a convencerse cada vez más de que dictadura como aquella nunca se había dado en el planeta; entonces, algunos dirigentes allende el océano, sugirieron que se enviara una fuerza internacional para ver si así él entraba en razón y dejaba de propiciar una represión tan feroz como la que estaba aplicando, y es que en los medios de comunicación planetarios se reseñaba a diario todos los excesos que el cometía y la gente por supuesto no podía permitir cosas como esas, más en pleno inicio del siglo veintiuno cuando el planeta empezaba a enfilarse por una senda de justicia social en donde cada cual era artífice de su propio destino, y el estado no tenía por que intervenir en las relaciones entre los conciudadanos, al fin de cuentas cada uno era lo suficientemente letrado y capaz para saber qué hacer y cómo comportarse, y nadie necesitaba que el otro le reclamara su derecho, pues el otro antes de que le reclamaran, reconocía el derecho ajeno sin necesidad de que nadie le exigiera nada, y a nadie se le ocurría explotar a su semejante, y si alguien estaba en problemas o no tenía lo suficiente para su sustento, el otro corría presuroso y entregaba algo de sí, para no permitir que su semejante pasara por ningún tipo de necesidades, y antes que atesorar posesiones, quienes más tenían más aportaban, por eso no querían que el estado interviniera, porque el estado daba limosnas y nadie necesitaba limosnas, aunque otros decían que era necesario apretar las tuercas pues el hambre era lo que más obligaba a la gente a ser recursiva, y cuando se les ayudaba se les hacía un mal, de manera que esa maldita manía que había tenido el estado de intervenir en todo era mal vista, y ahora se le exigía que pusiera las cosas más difíciles a todos y cada uno, pero especialmente a quienes no tenían nada, pues ese era un acicate para que ellos se esforzaran y salieran adelante, y entre más difíciles fueran las cosas para ellos, más fuertes, más ágiles y listos se volverían, pero algunos filósofos decían:
—Tampoco podemos llevar las cosas al extremo, pues ya en épocas pasadas esta teoría se puso en práctica y mucha gente murió por hambre y por enfermedades.
Pero entonces otros filósofos argumentaron:
—Esa es una ley de la naturaleza, y al fin de cuentas el planeta esta tan poblado, que mucha gente tendrá que morir para que las cosas alcancen para todos porque de lo contrario no alcanzan.
Y él decía que era mejor que el estado interviniera, también algunos que no tenían nada, dijeron:
—Como los que tienen son tan buenos, pues hagamos una cosa, que renuncien a todo lo que tienen y que vuelvan a empezar desde cero, de seguro que ellos podrán hacerlo, que primero nos demuestren cómo hacerlo.
Pero los que tenían, de inmediato cortaron aquellos comentarios explicaron que eso no era así, que al que le tocaba le tocaba, pues hacer lo contrario, era violentar el estado de derecho.
Pero en ocasiones ni los unos ni los otros trataban de prestarle atención, sólo le prestaban atención los que nada tenían; claro que algunos de ellos decían que sí, que mejor les quitaran todo que ellos querían hacerse por sí mismos, sin ayuda de nadie, y entonces algunos representantes de la comunidad internacional dijeron estar dispuestos a intervenir, pues las libertades no se podían libertar de esa manera, era necesario ponerle coto a las libertades para que no ahogara al pueblo en un mar de libertades con el ánimo de someterlo, y además que no era posible que un solo hombre tuviera a un pueblo sometido de esa manera, haciéndoles creer que todos eran iguales y que tenían los mismos derechos, y entonces ante tamaña felonía buscaron entre los militares, y algunos quisieron colaborar tratando de poner todo en orden, entonces fueron hasta el palacio conucal y lo sacaron, pero hubo muchos muertos, y en un acto de soberanía democrática entendieron que era necesario llevarlo preso. El descendiente de Judas le dio el beso en la mejilla antes de salir a entregarlo a los enviados del imperio. Y aquellos más entendidos, derogaron la constitución, cerraron a la asamblea con un democrático decreto, execraron al tribunal supremo, democráticamente metieron a los diputados presos, persiguieron a los seguidores del caudillo para democráticamente desaparecerlos y en un exceso de democracia, cerraron los canales de televisión del pueblo. Entonces surgió la más grande democracia que alguna vez el mundo occidental pudo conocer, tanto que hasta las águilas vinieron a reconocerlo. Y el adelantado de otras tierras, más allá del océano, no tardo tampoco en verlo, y a voz en cuello dijeron:
—ostia, él quiso que así fuera, y por eso los obligó a hacerlo.
Sin embargo desde la Galia, tocaron las trompetas que iniciaron el descontento. En un resquicio informático, apareció un tribuno del pueblo, y anunció a los cuatro vientos, que el caudillo no había renunciado que lo que estaba era preso.
Entonces los demócratas no electos, a todos los delincuentes “democráticamente electos”, los llevaban en medio de trompadas a las democráticas mazmorras del silencio.
Pero los violentos seguidores del caudillo salieron a la calle, y trataron de imponer el orden con un librito azul en la mano, que decían era el estado de derecho. Hordas aquellas que según decían los entendidos, no entendían lo que estaba escrito dentro. Y de la manera más violenta esgrimían el libro azul ante los medios, mientras gritaban :
—Este es el estado de derecho.
Arma tan mortífera como aquella, derrotó a los pacíficos que esgrimían los fusiles y las granadas lanzadas sobre el pavimento. Ni los gases pimienta, ni los perdigones, ni las balas, a este librito una sola hoja le rompieron. Y el librito azul, que de manera errónea llamaban constitución, tumbó las pretensiones de un democrático grupo que se abrogó el democrático derecho de decidir por veintiocho millones de almas en un democrático intento de sacar a un presidente que, según ellos, había mal elegido el pueblo. Y cosa bien extraña durante aquel democrático evento, salieron a relucir las balas que durante la dictadura, no se vieron. Hubo en setenta y dos horas casi setenta muertos. Muchos más que durante seis años de duro régimen dictatorial.
Aquel fue un tiempo muy breve, que no duró mucho tiempo. Las palabras contra los fusiles, la violencia más violenta, decían, la esgrimían los violentos, que violentamente sacaron un librito del pecho, y con él derrotaron, violentamente, los pacíficos fusiles que disparaban, democráticamente, hacia el pecho del pueblo.
En el consejo de las tribus se denunció aquel hecho, y algunos dijeron, que el caudillo y sus seguidores habían derrocado un democrático régimen, democráticamente impuesto, por un democrático grupito de personas, y a punto estuvieron de declararlo reo ausente, y de mandar el resto de tribus a sus gendarmes, a tratar de meterlo preso. Pero el ilegal librito azul, les metió un poquito de miedo. Había resultado un arma de la mayor efectividad.
Capitulo 4
Las hordas habían copado todos los espacios, y cerraron las avenidas las autopistas, los aeropuertos; marcharon sobre el palacio conucal, y encerraron a quienes detentaban el poder, restituyeron al caudillo, lo sacaron del infierno. Por entre la marea alta, y por el aire lo trajeron. Lo sacaron de las islas del monstruo, a tierra firme lo llevaron, y casi en la madrugada, a su silla lo devolvieron.
Cuando frente al tribuno, los demócratas se enfrentaron, casi al unísono gritaron
—Fue un vacío de poder, —arguyeron—. Que yo no secuestré al presidente, sólo lo escolté y le protegí.
—Pero usted dijo que había que matarlo,
—No señor, ni más faltaba, yo sólo dije que había que amarlo. Y tal parecía que nada de cuanto parecían haber dicho, había sido dicho, los videos, según decían habían sido alterados, y nada de cuanto allí aparecía, era en realidad cierto. Los tribunales, encontraron que el caudillo había sido objeto de un gran agasajo, por un grupo de selectos militares que trataron de protegerlo, principalmente de sí mismo, para que no errara sus pensamientos. Por el contrario, algunos de ellos se quejaron de lo malgradecido que fue, al tratar de meterlos presos. Vacío de poder, vacío de poder, las leyes dijeron.
Y algunos que vivían tras de rejas, se regocijaron cuando volvieron a los tribunales y aquel veredicto escucharon:
—Yo no maté a nadie, dijeron. El occiso estaba vacío de vida.
Y los que habían secuestrado, arguyeron vacío de libertad. También, quienes habían tomado cosas que aparentemente no les pertenecían, el vacío de propiedad esgrimieron. Pero ninguno de esos alegatos, los grandes tribunales acogieron.
Algunos solios cardenalicios se rasgaron las vestiduras ante tanta felonía y desacuerdo. Cómo entender a las hordas que habían restituido al caudillo en tan poco tiempo. Los más preclaros señores de la república, huyeron, y sus más enconados enemigos del palacio conucal salieron corriendo. El temblor de las manos, y el espanto en la cara se les regó por el cuerpo.
Esta era una tierra de contrastes, donde algunos decían que lo blanco era negro. Y aquel que decía saber, solamente podía entenderlo. Cuando era noche, él veía el día, y cuando hacía sol, argüía el invierno. Pero el pueblo creía, que aquel hombre no estaba cuerdo. Que o bien estaba loco, o actuaba por mampuesto. Por lo que cada vez más sólo, se refugiaba en lenguas extrañas, que sólo hablaban en el extranjero. Y cuando a sus coterráneos se dirigía nadie le entendía sus argumentos:
—No somos iguales, entendedlo. A la riqueza y al boato, no todos tienen derecho. Aceptad con humildad la ausencia de alimento. Para qué necesitáis estudio, vosotros no sois inteligentes, aunque tal vez algún día podríais serlo. Vuestro problema no es la pobreza, ¿por qué no podéis comprenderlo?
La plaza estaba sola, y aquel hombre amenazaba con sus puños al viento.
A lo lejos una mujer que paseaba con un niño, lo miró desconcertada:
Agarró al niño que llevaba, y le dijo:
—Ven acá hijo, que ese es un loco peligroso. Y salió corriendo.

Aún no hay comentarios »

Aún no hay comentarios.

Canal RSS de los comentarios de la entrada. URI para TrackBack.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.